El lujo y la necesidad de la Transparencia

La educación cívica, las aperturas de los medios de comunicación alternativos, las nuevas tecnologías y su conexión han promovido el desarrollo de una nueva forma de concebir la moral y la ética social, alejándose de los patrones de absoluta obediencia al status quo, al poder por el poder y a la aceptación de la represión y las injusticias sociales como algo propio de las organizaciones sociales.

Por  Por Rodrigo Daza Aravena[1]

[1] Sociólogo por   la Universidad de Concepción, Chile. aimrodrigodaza@gmail.com

Las últimas décadas, en las que la era de la información y la madurez de la población digital activa han dado carácter e influenciado en la personalidad de gran parte de la ciudadanía informada, nos han hecho testigos de como la transparencia y rendición de cuentas por parte de las autoridades e instituciones, tanto públicas como privadas, hacia la sociedad civil, ya no sólo son un acto conmemorativo,sino mas bien se han convertido, en una necesidad de la práctica política basada en la ética, las buenas praxis y la meritocracia.

Y no es que el mal de la corrupción, cáncer metástasico de las democracias modernas, sea una práctica actual masificada y propia de nuestros tiempos, por el contrario, otros modelos previos al Estado Moderno se caracterizaron por ser escandalosamente corruptos, impregnados de nepotismo y colapsados de vicios y depravación, mas aún, es muy probable que si analizaremos más profundamente la problemática desde una visión historicista de como el individuo se organiza y establece en sociedades complejas, aparecería, sin lugar a dudas, este germen de la “trampa”, de la ventaja fuera de la norma, casi como fuere un atributo inherente al ser humano en su comportamiento social, una especie de instinto arraigado en el pensamiento de algunos miembros de un grupo que intentan sacar réditos de alguna situación para beneficio individual en desmedro del bien superior de la comunidad que valora la confianza y la honestidad como pilares fundamentales en la armonía, cohesión y fortalecimiento de los sistemas sociales en los que los seres humanos nos desarrollamos.

Entonces, ¿cómo se gesta este interés y creciente necesidad en las sociedades civiles actuales, de hacer visibles las operaciones políticas de quienes detentan el poder común y que a su cargo tienen la influencia y dirección del mismo para el beneficio de la comunidad?, ¿fue un derecho logrado por el empoderamiento de las masas con mayor conciencia social o un colapso propio de un sistema hartado de las excentricidades, caprichos y privilegios de los poderosos?

El interés social por la incorruptibilidad de sus miembros, especialmente de aquellos que detentan un sitial de poder o una situación privilegiada , subyace de una nueva visión de la ciudadanía hacia el poder, un claro empoderamiento de los ciudadanos comunes y corrientes que ven cada vez más estrechas las asimetrías entre los “gobernados” y los “gobernantes”, con una autogestión e independencia en la acción social, con capacidad de organizarse ante cualquier acto de injusticia y exigir cuentas a sus representantes, es lo que comúnmente denominamos “movimientos sociales”. No vemos una sociedad pasiva a la acción política, sino que cada vez más participativa, más madura, que pretende con todo legitimidad vincularse a los procesos políticos-sociales y no ser un mero receptor- espectador de las decisiones tomadas, muchas veces, entre “cuatro paredes” por las autoridades y poderes fácticos.

Es por ende, la ciudadanía capaz no sólo de participar activamente en las decisiones que involucren un interés social, sino también de exigir la probidad de los aparatos, miembros e instituciones políticas, como un especie de ente suprafiscalizador que debe velar en primera y última instancia por sus propios intereses, ya que parece ser el mecanismo de mayor efectividad en contra de la corrupción de sus representantes que tienden a caer con gran facilidad ante las tentaciones del poder y el dinero que están siempre presentes en los intersticios de todo ejercicio político institucional.

La educación cívica, las aperturas de los medios de comunicación alternativos, las nuevas tecnologías y su conexión han promovido el desarrollo de una nueva forma de concebir la moral y la ética social, alejándose de los patrones de absoluta obediencia al status quo, al poder por el poder y a la aceptación de la represión y las injusticias sociales como algo propio de las organizaciones sociales. Las nuevas sociedades exigen el argumento, valoran la integridad de sus miembros y creen en la capacidad de autogestión de los mismos, construyendo sus democracias a partir de la valoración del individuo y sus derechos por sobre las estructuras (e inclusive las propias tradiciones que vayan en contra de estos proyectos) reproduciendo los modelos que le permitan en un futuro un desarrollo cabal de cada uno de sus ciudadanos y no sólo de una élite afortunada.

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Podríamos aseverar, con relación a lo anteriormente dicho, que la transparencia de la burocracia institucional es más que un derecho ganado y exigido por las sociedades civiles de hoy, que es en la práctica un requisito excluyente para la legitimación popular de la gestión gubernamental y que aunque su ejercicio es de lozana data, cada vez parece consolidarse con mayor fuerza y empoderamiento en la civilidad.

Es lamentable, sin embargo, que nuestra realidad latinoamericana es una de las más cuestionadas en este sentido, la clase política de los países de nuestra región se encuentran continuamente en tela de juicio por su falta de transparencia y profunda corrupción que no respeta color político e ideología, desde las derechas más empresariales hasta las izquierdas más revolucionarias presentan constantemente conflictos de interés, negocios fraudulentos, enriquecimientos ilícitos, sobornos, fraudes y colusiones. Es como verdadero estigma que sufrimos como latinoamericanos, en el país propio, que no sólo han sufrido el intervencionismo de las grandes potencias empresariales y de Estado, sino que también hemos debido afrontar las cicatrices y traumas que legaron las distintas dictaduras militares y la sucesión de democracias que han dejado mucho que desear en relación con un verdadero cambio social que busque un desarrollo integro de nuestros pueblos, respetando nuestra idiosincrasia pero que a su vez sepa aprender e integrar las cuestiones positivas de otras

 

realidades que puedan servir como aporte a nuestra convivencia. ¡Ya estamos cansados de recibir el saqueo, aprovechamiento y explotación foránea! que vio muchas veces en la ingenuidad e inocencia de nuestros pueblos, (al igual que la de Atahualpa cuando creyó en las buenas intenciones de Pizarro) una puerta al beneficio con todo desparpajo.

Nuestro deber como ciudadanos es seguir en esta senda que se ha ido construyendo con muchas vicisitudes y resistencias por parte del poder político, pero que se ha conseguido con toda legitimidad y justicia, para ello, debemos impregnar la transparencia en nuestro valores y costumbres, no sólo relegándola al plano de las instituciones y sus representantes, sino que también debe ser incorporada en nuestro diario vivir, en la convivencia cotidiana, sin que tenga un carácter restrictivo o taxativo, sino que por el contrario sea un orgullo y una constante, que se lleve dentro de nuestro “genoma cultural” los principios de honestidad y transparencia en cada uno de nuestros ciudadanos.

 

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