LA RELACIÓN PERVERSA ENTRE EL ESTADO Y LA TELEVISIÓN

Por: Gerardo Ambriz Arévalo

Hasta antes de las elecciones presidenciales de 2012 en México, pocos le daban importancia a la relación estrecha y perversa existente entre el poder del Estado y el poder de la Televisión. Lo preocupante de dicha relación es que ha quedado al desnudo que es la Televisión la que tiene sometido al Estado y no al revés, como nos señalan los manuales de ciencia política. A raíz de dichas elecciones, se llegó incluso a decir que el consorcio televisivo más poderoso de México (Televisa) impuso a Enrique Peña Nieto. Debido a esto, creemos urgente revisar con más detenimiento algunas teorías  que se han referido al poder de la televisión, para ver si podemos entender mejor el fenómeno y encontrar posibles salidas. En nuestra opinión, son cuatro las teorías que más nos pueden acercar al problema o consecuencias que trae la televisión para la vida política de una sociedad: la del psicólogo social John Condry, la de los filósofos y teóricos sociales Theodor Adorno y Max Horkheimer, la de Jürgen Habermas, y, por último, la teoría marxista en general.

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        El primer modelo de análisis sugerido es el desarrollado por John Condry, quien dedicó una buena parte de su tiempo en investigar la magnitud del poder que tiene la televisión, el impacto que tiene sobre los espectadores, y los problemas que eso acarrea. Condry parte de un registro estadístico que muestra el dramático crecimiento de televidentes que hubo en Estados Unidos, y dice[1] que del 10% de las familias que tenían un televisor en 1950, se disparó al 90% en 1960. De la misma manera, Condry muestra cuántas horas en promedio pasan las personas frente al televisor, y las edades de los que más tiempo gastan en esa “actividad”. La conclusión a la que llega[2] es que son los niños los más afectados, pues en promedio pasan cuarenta horas a la semana frente a dicho aparato.

Las cifras, aunque dramáticas, se tornan peores cuando Condry analiza el contenido de los programas consumidos y la forma en la que repercute en los televidentes, en particular, y en la sociedad norteamericana, en general. Señala, entre otras cosas, la mala calidad de éstos, el alto contenido de violencia y sexo, la estereotipación de los personajes masculinos y femeninos en las producciones, las historias que denigran a las personas de condición económica baja, o que promueven el racismo, el machismo y la xenofobia. Y por si fuera poco, programas que inducen a todo tipo de vicios y manías antisociales. Todo esto trae como consecuencia, dice Condry, problemas de salud como la obesidad y las adicciones. De obesidad, que viene tanto de la inactividad de los niños al observar la televisión, como a la incitación de los comerciales a comer comida chatarra; y las adicciones, que son producto del constante bombardeo de imágenes que impulsa a los televidentes a consumir algún tipo de droga[3].

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        La segunda teoría que ponemos a consideración es la que realizaron Adorno y Horkheimer en la obra Dialéctica del iluminismo. Sólo que ellos no se refieren directamente a la televisión, que en ese momento (1944) no se tenía ni idea del poder que acumularía, sino a los medios masivos de comunicación en general (cine, radio, televisión, música popular, etc.). El análisis de estos autores tampoco se centró exclusivamente en la influencia que tienen los medios de masas, pues su proyecto era encontrar todos aquellos factores que participan en el proceso de racionalización que, desde que se echó a andar en la Ilustración, ha servido más para la opresión humana que para su emancipación. En este pequeño espacio no expondremos todo lo que motiva a Adorno y Horkheimer. Nos conformamos con mencionar que ellos, a diferencia de Condry, consideran a los medios masivos de comunicación como una empresa capitalista más, que se rige con los mismos criterios de mercado, que su única meta es la ganancia y no la de satisfacer las necesidades sociales (en su caso, de comunicación). De hecho, los dos autores se referirán a los medios como “industria cultural”. Y como industria, los medios también producirán mercancías en serie y de manera repetitiva[4], sólo que las mercancías serán todo tipo de manifestaciones culturales como las artísticas y las de espectáculos, que una vez producidas entrarán en el proceso de mercantilización buscando que sus productos sean consumidos por una masa alienada.

        Teniendo a la vista la mercantilización que opera en los medios masivos de comunicación, Adorno y Horkheimer procederán a analizar la función que tienen para la producción y reproducción del proceso de racionalización encarnado en el sistema capitalista. Y tal función no es otra que la de mantener al margen de cualquier crítica a los consumidores del “arte” y el entretenimiento, pues a través de éstos, aquéllos son manipulados y apaciguados por diversas vías: al consumir ideas que los tratan de convencer de que todo está bien, o que les ofrecen diversión menos para que se fuguen de sus problemas que “para que se fuguen del último pensamiento de resistencia que la realidad puede haber dejado aún”[5]. También mencionan el nivel de estupidez en la que los medios mantienen a los espectadores, que los hace incluso aceptar una moral que no coincide con sus intereses, que los vuelve menos exigentes, llegando al extremo de sentir alegría “cuando pueden transcurrir pasivamente el tiempo que no están atados a la rueda”[6]. Pero eso no es todo, a la par señalan que los medios sirven para atomizar y desmovilizar a los individuos, pues la única fraternidad que promueven y aceptan es la del deporte, y tienen el cuidado de “no dar al consumidor jamás la sensación de que es posible oponer resistencia”[7], y sí la consigna de infundir la cobardía desde la infancia ya que “el Pato Donald en los dibujos animados como los desdichados en la realidad reciben sus puntapiés a fin de que los espectadores se habitúen a los suyos”[8].

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        La tercera forma categorial de acercarse al problema de los medios es precisamente la que propone Habermas, especialmente en su obra Historia y crítica de la opinión pública, donde analiza las circunstancias que permitieron la formación, en el siglo XVIII, de una opinión pública basada en el diálogo racional; o más bien el contexto histórico en el que nació, se desarrolló y se extinguió (a causa de la mercantilización de la comunicación) dicha opinión. Para empezar, el autor de Conocimiento e interés nos habla de cómo interactuaba el ciudadano burgués dieciochesco (principalmente en Francia) en cafés y salones, espacio o esfera pública de entonces donde se reunía con los de su clase para discutir, principalmente, de asuntos políticos. En esa esfera, señala Habermas, la función de los medios de comunicación impresos era crucial debido a que difundía la información aceptablemente y contribuía a alimentar un debate público informado y racional. Pero las circunstancias fueron cambiando a raíz del desarrollo del capitalismo en los siglos siguientes, y la esfera pública fue invadida poco a poco por una lógica del mercado que culminará con un predominio de la televisión (hacia la segunda mitad del siglo XX) por encima de los demás medios de comunicación. Con la entrada de semejante medio, condena Habermas, “el raciocinio tiende a transformarse en consumo”[9].

        Dicho de otro modo, Habermas valora positivamente las bondades que para la sociedad de ese tiempo conllevó una esfera pública que incluía a los medios impresos, que además de haber servido como factos de politización de los participantes en ella, daba las condiciones necesarias para la formación de una opinión pública surgida de debates basados en argumentos racionales. Y, por otro lado, no dejó de señalar la degradación que sufrió la opinión pública cuando fue invadida por el mercado mediático que se reflejó en cuatro problemas: 1) la substitución de una opinión pública por un “consensus fabricado” unilateralmente y sin discusión racional[10]; 2) una comunicación disfuncional que pone de un lado de la pantalla a “expertos” (tecnócratas), y del otro a “consumidores receptivos”[11]; 3) el sometimiento del Estado al poder televisivo que pone a sus servicios un marketing político para vender la imagen de los políticos a los consumidores o votantes[12]; 4) la depravación de las asambleas parlamentarias al convertirse en “reuniones propagandísticas, en las cuales los presentes, si llega el caso, pueden aparecer ante las cámaras de televisión como estadistas sin paga”[13].

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        El cuarto modelo de análisis que proponemos para entender el problema de la televisión es el marxista. Con dicho modelo sus representantes no sólo intentan ir más al fondo de los problemas para explicarlos, sino también promueven la acción para solucionarlos. Para un caso tan específico como el de los medios de comunicación, sugieren antes estudiar las características específicas de la formación social en las que éstos operan, para identificar cuáles son sus diferentes clases sociales, señalar qué sector de ellas detentan el poder político y cuál es su relación con las demás. En pocas palabras, investigar quién y cómo participa en la lucha de clases. Teniendo esto en mente, el  problema de la televisión se verá con otros ojos.

            En términos generales, para el marxismo, la televisión es el aparato ideológico por excelencia, que capta la atención de la mayoría de la población (no siempre con información fidedigna, casi nunca con análisis objetivos, e invariablemente buscando el escándalo y la espectacularidad) y tiene una capacidad de influir sobre la “opinión pública” en mayor medida que todos los medios restantes juntos. Y gracias a ese poder de influir y manipular, tiene un lugar importante dentro de la reproducción del capitalismo, al lado, claro, de otros aparatos ideológicos (la familia y las escuelas) y represores (policías, ejercito, cárceles) del Estado, y con todo un método dentro de los lugares de trabajo que hace dependientes a los trabajadores del capital. Sin embargo, los estudios que se han hecho desde el enfoque marxista[14] han mostrado que la televisión tiene un poder que va más allá de los aspectos ideológicos, pues tiene un poder económico que otros aparatos ideológicos no tienen. Reconocen que la televisión sí contribuye al ocultamiento y legitimación de la explotación (o a la producción y reproducción del sistema capitalista) lo mismo que los demás aparatos ideológicos; pero también señalan que la televisión desde su nacimiento ha ido acumulando de forma acelerada grandes cantidades de dinero que la han convertido en un dominante poder económico y, por ende, político (piénsese en la telebancada y en la imposición de Peña Nieto), pues desde su tribuna dicta leyes que refuerzan el statu quo.

        Ahora bien, con el análisis marxista se puede entender que el poder económico de la televisión se debe a que, convencidos de su penetración e influencia, las empresas y políticos destinan grandes recursos económicos para su promoción, haciéndola cada vez más poderosa. Y si a eso le agregamos que la industria televisiva, muchas veces monopólica, tiene la posibilidad de postular (¿imponer?) candidatos para cargos de elección popular, más aún, tiene la capacidad de promover, o desbarrancar, la candidatura de un aspirante a la presidencia de un país, lo que nos queda es una institución cuasi omnipotente que impondrá sus intereses particulares y de clase por encima de las del resto de la formación social. En vista de esto, del análisis marxista no se puede sacar otra conclusión que la siguiente: dado que la televisión está fuertemente ligada al sistema capitalista, el problema de la televisión (y de la explotación) no será resuelto si la sociedad no se une y organiza para luchar políticamente contra los intereses de las televisoras y, en general, de las clases dominantes.

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          Quizás las conclusiones a las que se llegan, al adoptar este cuarto marco teórico, nos pinten un camino muy escabroso para alcanzar una sociedad verdaderamente democrática y libre de explotación, pues para el marxismo no sólo se tiene el obstáculo de la televisión sino también todo un sistema de producción en el que “una vez que la explotación del obrero por el fabricante ha concluido… caen sobre él las partes restantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista”[15]. Sin embargo, con esa postura no hay razón para las lamentaciones (como las de Condry que sólo dice los efectos del problema sin señalar las causas), ni para el pesimismo (como en Adorno y Horkheimer, que ven el problema y sus causas, pero no creen en las soluciones), ni mucho menos para el optimismo desbordado (como el de Habermas, que sueña con una democracia con tele y capitalismo). Y sí tenemos muchas razones para la lucha política (lucha por la transformación de leyes y conquista del poder político), pues Marx y Engels nunca se cansaron de decir que el sistema capitalista no es algo natural e impuesto por alguna divinidad trascendente, sino un sistema construido por el hombre y, por lo mismo, transformable por el hombre mismo.

[1] John Kondry “Ladrona de tiempo, criada infiel”, en Popper, Karl R. / Condry, John/ Clark, Charles S. /Wojtyla, Karol: La televisión es mala maestra, FCE, México, 2006, p. 64.

[2] Ibid., p. 65.

[3]Condry denuncia que en Estados Unidos por cada anuncio que advierte del peligro de caer en las drogas, la televisión transmite seis que induce a consumirlas. Ibid., p. 74.

[4] Adorno, Theodor W, / Horkheimer, Max: Dialéctica del Iluminismo, Editorial Sudamericana, México, 1997, pp. 147-148.

[5] Ibid., p. 174

[6]Ibid., p. 163.

[7]Ibid., p. 171.

[8]Ibid., p. 167.

[9]Habermas, Jürgen: Historia y crítica de la opinión pública, Ediciones G. Gili, Barcelona, 1994, p. 190.

[10] Ibid., p. 222.

[11] Ibid., p. 203.

[12] Ibid., p. 203.

[13] Ibid., p. 243

[14] Por mencionar alguno tenemos: Taufic, Camilo: Periodismo y lucha de clases. La información como forma del poder político, Nueva Imagen, México, 1989.

[15] Marx, Karl/Engels, Friedrich: Manifiesto comunista, Editorial Crítica, Barcelona, 1998, p. 49.

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